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EL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS
Jueves, 3 de enero 2013
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EL SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS, nombre anunciado por el Ángel a san José e impuesto al Niño en la circuncisión, invocado por los fieles desde los comienzos de la Iglesia, como puede verse ya en san Pablo, empezó a ser venerado en las celebraciones litúrgicas en el siglo XIV. San Bernardino de Siena y sus discípulos fueron los grandes apóstoles que propagaron este culto a lo largo y ancho de Italia y de Europa. En 1530, Clemente VII concedió a la Orden Franciscana la celebración del Oficio del Santísimo Nombre de Jesús. Inocencio XIII, en el s. XVIII, hizo extensiva la fiesta a la Iglesia universal. En la actualidad se celebra el día 3 de enero. «El nombre de Jesús es el divino poema que expresa lo más sublime y lo más humilde que la sabiduría y la misericordia de Dios han podido inventar para salvar a la Humanidad decaída. Este nombre adorable, que primero pronunció el Ángel, y luego María y José impusieron al Verbo Encarnado, fue también pronunciado por Pilatos cuando leyó contra el Salvador la sentencia de muerte. Pero el Padre lo constituyó juez de vivos y muertos, e hizo figurar su nombre como señal de salvación en la frente de los predestinados» (A. I. Schuster).
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| Imagen tomada de la basílica de San Pedro, solemnidad de Santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2013. |
Oración:
Oh Dios, que a tu Hijo le has puesto el nombre de Jesús, Salvador de todos los hombres; concédenos pronunciar con gozo este nombre en la tierra y disfrutar en el cielo de su presencia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
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| San Bernardino de Siena con el monograma JHS que él mismo adoptó. El fundamento de la fe es el nombre de Jesús mediante el cual somos constituidos Hijos de Dios. |
Lectura de Patrística y Escolástica:
EL NOMBRE DE JESÚS
Del "Quadragesimale" de San Bernardino de Siena
Fundamento de la fe es el nombre de Jesús,
mediante el cual somos constituidos hijos de Dios
mediante el cual somos constituidos hijos de Dios
Éste es aquel santísimo nombre anhelado por los patriarcas, esperado con ansiedad, demandado con gemidos, invocado con suspiros, requerido con lágrimas, y donado al llegar la plenitud de la gracia. No pienses en un nombre de poder, menos en uno de venganza, sino de salvación. Su nombre es misericordia, es perdón. Que el nombre de Jesús resuene en mis oídos, porque su voz es dulce y su rostro bello.
No dudes, el nombre de Jesús es fundamento de la fe, mediante el cual somos constituidos hijos de Dios. La fe de la religión católica consiste en el conocimiento de Cristo Jesús y de su persona, que es luz del alma, franquicia de la vida, piedra de salvación eterna. Quien no llegó a conocerle o le abandonó camina por la vida en tinieblas, y va a ciegas con inminente riesgo de caer en el precipicio, y cuanto más se apoye en la humana inteligencia, tanto más se servirá de un lazarillo también ciego, al pretender escalar los recónditos secretos celestiales con sólo la sabiduría del propio entendimiento, y no será difícil que le acontezca, por descuidar los materiales sólidos, construir la casa en vano, y, por olvidar la puerta de entrada, pretenda luego entrar a ella por el tejado.
No hay otro fundamento fuera de Jesús, luz y puerta, guía de los descarriados, lumbrera de fe para todos los hombres, único medio para encontrar de nuevo al Dios indulgente, y, una vez encontrado, fiarse de él; y poseído, disfrutarle. Esta base sostiene la Iglesia, fundamentada en el nombre de Jesús.
El nombre de Jesús es el brillo de los predicadores, porque de él les viene la claridad luminosa, la validez de su mensaje y la aceptación de su palabra por los demás. ¿De dónde piensas que procede tanto esplendor y que tan rápidamente se haya propagado la fe por todo el mundo, sino por haber predicado a Jesús? ¿Acaso no por la luz y dulzura de este nombre, por el que Dios nos llamó y condujo a su gloria? Con razón el Apóstol, a los elegidos y predestinados por este nombre luminoso, les dice: En otro tiempo fuisteis tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz.
¡Oh nombre glorioso, nombre regalado, nombre amoroso y santo! Por ti las culpas se borran, los enemigos huyen vencidos, los enfermos sanan, los atribulados y tentados se robustecen, y se sienten gozosos todos. Tú eres la honra de los creyentes, tú el maestro de los predicadores, tú la fuerza de los que trabajan, tú el valor de los flacos. Con el fuego de tu ardor y de tu celo se enardecen los ánimos, crecen los deseos, se obtienen los favores, las almas contemplativas se extasían; por ti, en definitiva, todos los bienaventurados del cielo son glorificados.
Haz, dulcísimo Jesús, que también nosotros reinemos con ellos por la fuerza de tu santísimo nombre.



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